Una historia colectiva y personal desde el corazón de Caricuao
Hoy no vengo únicamente a redactar un parte de daños ni a enumerar cifras de estructuras caídas. Hoy vengo a hablar desde la herida y la memoria, desde mi experiencia como reportero, como periodista y, fundamentalmente, como ser humano. Vengo a contar lo que vivimos y sentimos en esta tierra el atardecer del 24 de junio.
Aquella tarde quedó marcada a fuego en nuestra alma colectiva. A las 6:03:30 p.m., la alarma del celular irrumpió con la premonición de un terremoto. La prontitud del desastre nos sacudió de forma tajante: el suelo se convirtió en un mar embravecido entre gritos, el apagón inmediato, el silencio de las redes incomunicadas y esa desesperanza helada que corta el aliento. Sin luz ni señal, el instinto de conservar la vida empujó a los vecinos a huir de las estructuras.
Fueron dos sacudones brutales. Los especialistas dicen que duraron 39 segundos; para nosotros, con el corazón en la garganta, la percepción fue de más de dos eternos y agónicos minutos. En un primer momento, logramos reunirnos y alejarnos de la infraestructura, buscando refugio a cielo abierto en las plazas de los edificios, en el bulevar y en el campo de fútbol del Polideportivo Luis Aparicio. Allí, en medio del miedo, pudimos ver a nuestros bomberos desplazarse a pie, erguidos y entregados a una sola misión: llevar serenidad y calma a la gente. Yo por mi parte hacía lo propio, gracias a las indicaciones que recibí sobre los protocolos de seguridad, los cuales transmití a viva voz.
La noche más larga: Reportería a pie y a ras de suelo
Aproximadamente a las 10:00 p.m., las motos de la Policía Nacional Bolivariana (unidad Contrabandas) recorrieron la parroquia. Ante la ausencia de otros cuerpos policiales en ese primer instante, o al menos esa fue mi percepción, la responsabilidad del oficio periodístico y el compromiso humano me llamaron a la calle.
Sin electricidad y totalmente incomunicados, me dispuse a realizar un extenso recorrido a pie por toda la parroquia, desde la UD5 de Caricuao hasta la redoma de Ruiz Pineda. Mi labor en esas horas inciertas no fue solo mirar: consistió en calmar a las personas, guiarlas hacia sitios seguros y documentar minuciosamente cada detalle que estuviera a mi alcance.
En el Materno Infantil de Caricuao entrevisté a los médicos y personal de guardia, quienes me confirmaron con alivio que las afectaciones en el centro de salud eran menores. Continué mi caminata y, a las 11:05 p.m., la luz regresó momentáneamente mientras transitaba por el sector Payara de la UD4.
Entrada la madrugada, a las 2:30 a.m., una violenta réplica nos volvió a estremecer. Logramos realizar la primera transmisión en vivo y en directo para dejar testimonio audiovisual de la realidad: nos trasladamos a la Estación de Bomberos de Caricuao «Venancio Pulgar» (la estación de Bomberos de la CC2), donde decenas de vecinos se encontraban refugiados. Los bomberos daban lo que podían dar: calma, contención y primeros auxilios para lesiones menores provocadas por la prisa del desalojo. Ya hacia las 7:30 a.m., pudimos presenciar el auxilio a una adulta mayor que sufría una severa crisis hipertensiva.
Entretanto, los grupos de rescate locales —el Grupo de Rescate y Operaciones Especiales Caricuao (GROEC), el Grupo Anaconda y la Brigada de Acción Preventiva— realizaron un amplio monitoreo por Caricuao. Al confirmar que la parroquia no presentaba colapsos fatales e inmediatos (de lo cual me enteré días después), se desplegaron hacia Las Fuentes y Los Palos Grandes para apoyar en las zonas de mayor desastre, pensando que esa era la zona cero, hasta caer en cuenta de que era La Guaira la zona cero; los primeros en llegar fueron el GROEC y El Anaconda aproximadamente a las 9:00 p.m. (de lo cual me enteré luego).


La solidaridad que no pidió permiso: El pueblo salvando al pueblo
Al amanecer del segundo día (con somnolencia y adrenalina a flor de piel), la noticia de la devastación en La Guaira nos conmovió profundamente. En alianza con el influencer Jaramillo, difundimos la ubicación de los primeros centros de acopio organizados en la parroquia: las Iglesias Católicas Santa Rita (UD3) y la Iglesia del Buen Consejo (UD4). Caricuao no esperó la llegada de ayuda humanitaria externa; desgarrada y golpeada, nuestra comunidad se convirtió en auxilio activo para otros hermanos venezolanos. Y luego pude observar cómo proliferaban nuevos centros de acopio por parte de vecinos: la red de vecinos se activó en cada esquina.
Ante los quiebres en las tuberías de agua, los propios vecinos con conocimientos en la materia asumieron las reparaciones. Respecto a las fugas de gas, nuestros bomberos de Caricuao, con el valioso respaldo de los Bomberos de Macarao, trabajaron incansablemente a pie —ante la trágica falta de unidades de transporte— para cerrar válvulas y evitar mayores desgracias.


Durante las semanas siguientes, la cobertura se enfocó en evaluar las cicatrices de la parroquia. Tras el Decreto de Emergencia Sísmica dictado por la Presidencia Encargada para paralizar obras no autorizadas, las inspecciones técnicas comenzaron a arrojar los balances reales:
- El Bloque 23 de la UD2: Evaluado con la temida etiqueta roja por un daño severo y evidente en sus columnas estructurales.
- La UV9: Daños considerables en las estructuras de los bloques 18, 19 y 20, así como en el Bloque 6 (escaleras D y E).
Un mes después: La resistencia y el compromiso intacto
Ha transcurrido más de un mes y una semana desde aquel doblete sísmico. El cansancio acumulado es extremo y se siente en los huesos. Hoy en día, la emergencia no ha concluido: familias enteras de la UV9 (bloques 19, 20 y bloque 6) y del Bloque 23 de la UD2 continúan pernoctando en carpas a la intemperie, enfrentando la incertidumbre.
Pero si algo nos ha dejado esta tragedia grabado en lo más profundo del ser, es una certeza indestructible: el pueblo ha salvado al pueblo.
En los momentos más oscuros, cuando no se contó con el Estado de manera directa, los vecinos convirtieron la desesperanza en un acto irreverente de amor hacia el prójimo. Porque el amor no pidió permisos: socavó el silencio, venció el frío y derrotó al abandono. Un abrazo en la penumbra bastaba para decir: «Hermano, estoy contigo». No importó el origen ni la condición; solo importó la profunda y sagrada fibra de ser venezolanos.


Cierre y cobertura en caliente
Al cierre de esta crónica, solo puedo reafirmar que, más allá del agotamiento de estos días interminables, el compromiso sigue intacto: el compromiso de comunicar, de estar en la calle y de buscar transformar realidades en esta parroquia tan amada. Este doblete sísmico nos deja una reflexión luminosa sobre la fragilidad y la fuerza de nuestra gente. Hoy, desde el dolor, pero con la frente en alto, reafirmo mi vocación de seguir acompañando a Caricuao, contando su verdad y haciendo de la memoria un refugio de dignidad y esperanza.
Aprovecho estas líneas para pedirles disculpas por haber dejado momentáneamente desatendida la página. Ante la inmediatez de la noticia y la velocidad de los acontecimientos, estuve transmitiendo todo en vivo y directo a través de las redes sociales para llevarles la información en tiempo real.
A continuación, les comparto lo más relevante de este despliegue y cobertura especial. Les envío un abrazo fraterno, lleno de bendiciones y buena vibra. Donde quiera que se encuentren, ya sea en este plano o en el otro, les mando toda la luz.




